viernes, 29 de julio de 2011

Van muriendo todos los versos,
estoy llorando sola en un hotel lleno de ruido.
Puede ser defensa propia,
pero mi cuerpo tiene miedo de vivir más,
y está matando a todos los versos,
como la bestia que se come a sus cachorros.

Acepto la certeza de una forma tan absurda
que se quedan las manos temblando,
el pecho cargado de disculpas vacías,
los labios agrietados y silenciosos,
todos los escondites llenos de resignación.

Acepto la primavera como un adiós lejano.
No me conozco entre todo este pelaje,
pero la flor sabe que jamás seré la misma
mientras todos los versos me olviden,
y mis ojos sólo estén cargados de rencor.

Acepto el destierro,
un desierto lleno de música y un reloj
con las manillas buscando el quiebro y la quietud.
Convertir la máquina en roca, y en olvido ésta,
y dejar a los versos morir en forma de oleaje.

Acepto entregar el latido
al trino de un pájaro a las cinco de la madrugada.
Y marcharme con lo puesto...
unos ojos que miran hacia arriba, un corazón a rastras.